Dormir hasta descansar por completo, desayunar una rica infusión acompañada de abundante fruta. Mirarme al espejo y verme extraña, porque ayer me corté el pelo, y aún no me acabo de acostumbrar. Hacerme una cola, de esas que hace siglos que no me hago, y empezarme a gustar.

Sonreír por todo el rato que pasé en la peluquería, mientras la peluquera y yo agradecíamos habernos encontrado de nuevo y nos contábamos las mil y una. “¿Te acuerdas cuando te fuiste a vivir a Asia?” me decía. Seguir sonriendo porque esa visita a la peluquería dio lugar a que comiera con mi padre y con mi hermano, de una forma inesperada y luego aprovechara para visitar a una gran amiga, de esas que admiras y amas desde lo más profundo de tu corazón.

Ir a ver a mis queridos vecinos y volverme repleta de amor y de gratitud por el rato compartido; además de con unos deliciosos huevos de gallinas felices y con dos lechugas recién recogidas de la huerta.

Quedar en que en muy poquito haremos un tiramisú casero (especialiad de Agus)
y ellos un pan con embutido y nos reuniremos para comérnoslo juntos
y celebrar que estamos vivos y que cada día es una oportunidad.

Ir a buscar a la tiendita esas patatas de la tierra que tanto me gustan, mientras voy disfrutando del camino en coche entre los campos ya labrados y el cobijo de las montañas, que se alzan impetuosas.

Hablar con la mujer de la tienda de nuestros más y de nuestros menos
mientras nos damos una abrazo fuerte y nos deseamos un buen año.

Reírme en complicidad con la cajera porque, yo tan contenta, he mezclado las patatas rojas con las blancas y ahora no sabe cuánto me tiene que cobrar. ¡Cosas que pasan!.

Volver a casa y cocinar esas delicias para comérmelas en silencio, muy despacito, saboreando cada bocado y agradeciendo, sobre todo agradeciendo. Comerme de postre un bombón especial, porque me los regaló mi madre por navidad; y esos siempre saben mejor pues además del chocolate y la avellana llevan un plus de Amor.

Encender un fuego con la leña que le compramos a otro vecino, y alegrarme porque su negocio parece cada vez más provechoso y eso me hace feliz. Colocar las maderas más pequeñas juntas y llenar el cesto de la entrada con ellas.

Escuchar las palabras de Pepe Mújica y empaparme de su humildad. Recordar que mi padre me recomendó escucharlo hace ya un buen tiempo y se me olvidó.

Girarme y descubrir un atardecer precioso, con el cielo rojizo y ardiente de Amor,
de ese que nos hemos olvidado los humanos.

Tenemos un vacío en forma de Dios en el corazón que intentamos
llenar de innumerables maneras;
y ninguna nos funciona porque ninguna es Verdadera.

Este ha sido mi día…y ahora empieza la noche, en el calor del hogar, con un gran fuego encendido, en silencio, escuchando su crepitar, mientras tecleo estas líneas, por el simple gusto de compartirme. Sin más.

Gracias por formar parte de mis días y de mis noches.

 

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